viernes, 2 de septiembre de 2011

"Momentos mágicos".

En ese instante, sin dudar, tomó su chaqueta, se colocó el pantalón, ajustó aun más el cinturón, entró en la salita, cogió un botecito cuyo anterior oficio fue preservar unas gotas de colonia, antes de salir cogió sus playeras que, minuciosamente, había colocado frente a la puerta, mamá odia que pisen la moqueta con el calzado de la calle, salió rápidamente por la puerta.
Cuando ya había decidido el lugar que quería visitar, en ese momento, se vio rodeada de arena, a su derecha a unos diez metros la orilla del mar, no era exactamente lo que había pensado pero no estaba del todo mal. Se descalzó, guardando dentro de cada playera un calcetín, y las tomó en sus manos. Pisó la arena, fría, húmeda, compacta, prefirió caminar hacía la orilla mojándose apenas los pies, poco más que los tobillos.                                                                                     
Recordó, en la orilla, el botecito de su bolsillo, lo sacó, quitó el tapón y lo llenó con agua del mar. Quedó mirándolo perpleja durante unos segundos, después reaccionó, lo puso a contraluz y observó. En el pequeño bote había entrado algo de arena que rápidamente se situó en el fondo del frasco por el peso, el agua brillaba transparente, observó aun más intensamente, entonces lo vio, nada fuera de lo normal, ni siquiera algo inusual, analizó el pequeño frasco unos segundos más, una pequeña playa se había formado dentro de él, algo, puede que absurdo o quizá demasiado lógico. Sin embargo fue algo, hechizante.
Con cariño, agarró en frasco, se quitó la chaqueta y la extendió sobre la arena alejada de la orilla, acto seguido se acomodó encima de la chaqueta, intentando comparar el contenido del frasco con la propia playa. De ahora en adelante podría visitar la playa cuando quisiera, en el lugar que quisiera siempre y cuando llevase el pequeño recipiente con ella.
Solo debía agitarlo y esperar, aproximadamente, dos segundos, justo en ese momento, tendría de nuevo su playa consigo.