CAPÍTULO 3.
No tardó más de media hora en llegar a casa, dejó el coche justamente a la puerta, bajó y golpeó fuertemente al cerrar la puerta del coche, no había pasado un buen día, eso o que estaba harto de tanta rutina, harto de estar siempre con lo mismo.
Cerró el coche con llave, sonrió interiormente, pensó que nadie podría querer robar esa tartana, malhumorado, entró a casa.
Tiró desde la puerta las llaves, dejándolas, sorprendentemente, encima de la mesa del comedor. Colgó la camisa en el picaporte de la puerta del patio y se descalzó dejando las botas detrás de la puerta, subió las escaleras que comunicaban las dos plantas de la casa, quitándose el pantalón entró en el baño.
Desde detrás de la puerta podía oírse el sonido de la caída del agua, por debajo de la puerta podía notarse un poquito del vaho que dejaba el agua caliente contrastando con el frío de los azulejos del baño.
No tardó mucho en salir, totalmente desnudo, todavía chorreando agua, algunas gotas traviesas se deslizaban por su cara, paraban a la altura de la nariz para iniciar un salto al vacio que más tarde se vería obligado a frenar justo debajo de su ombligo por culpa de la toalla, pasó a su habitación, se vistió lentamente, para ser sinceros sin ninguna gana, pero lo hizo. Se levantó de la cama oponiéndose una chancla en cada pie, encendió el radiocassette, inevitablemente empezó a sonar punk, como siempre. Subió el volumen para poder oirlo desde la planta baja de la casa y salió del dormitorio, bajó las escaleras, al llegar a la cocina vio al perro esperando en la puerta, le abrió y le dejó salir al patio, él recordó su cajetilla medio vacía y se dispuso a volver a llenarla sentado en una silla de plástico que permanecía junto a una mesa justo en el centro del patio. Desde ahí veía un enorme campo que se separaba por una **impercibible linea para la vista del cielo, el sol se disponía a dejar lugar para la luna, un precioso cielo despejado se adivinaba desde su lugar de reposo.
Él se levantó pasada media hora de llegar, entró a casa dejando la puerta del patio abierta, abrió también la ventana del comedor para crear corriente. Se metió en la cocina con la intención de cenar algo. Abrió la nevera que permanecía hacía unos días ya vacía, no iba con él eso de hacer la compra, así que cogió un pedazo de pan, lo abrió por la mitad y lo relleno del jamón que mamá le había dejado envuelto en papel de plata, tomó el bocadillo y dándole un bocado caminó hasta el escritorio y encendió el ordenador. Ahora ya, no mucho, pero sí algo más relajado encendió otra pequeña felicidad humeante con olor a hierba desde la silla del escritorio.
Ella llevaba un tiempo en casa, sentada frente al ordenador tan solo esperaba recibir un saludo y fue entonces cuando vio su nombre en la lista de contactos conectados, indudablemente, no saludó, esperó, aunque no mucho tiempo, pues recibió a los pocos segundos el saludo de él.
Empezaron a hablar. Ella notaba que no todo era tan divertido, tonto ni inocente como el día anterior, él, en cambio, pensó que ella no estaba poniendo nada de su parte. Ninguno de los dos hizo ningún comentario al respecto, tan solo se preocuparon en centrar la conversación.
Ella necesitaba un poco de diálogo.
Él tenía claro que tema quería tocar, empezó, sin más a tontear con ella, la primera vez ella se sintió halagada, puede que incluso la resultara gracioso y sin dudarlo siguió el rollo, él no parecía tener tan claro que tan solo fuera una tontería para pasar el rato.



