martes, 6 de septiembre de 2011

Diario absurdo de una adolescente ilusionada.

CAPÍTULO 3.


Él montó cansado en su coche blanco. Como siempre, bajó las dos ventanillas delanteras, arrancó el coche y lo hizo sonar dos veces, mientras el motor calentaba sacó del bolsillo delantero de su camisa un paquete de tabaco lleno de liadillos, cogió uno y lo dirigió a su boca, acto seguido tomó del mismo paquete un encendedor, lo interpuso delante del cigarro y tomando aire lo encendió, metió segunda y desapareció detrás de una nubecilla de humo grisáceo.
No tardó más de media hora en llegar a casa, dejó el coche justamente a la puerta, bajó y golpeó fuertemente al cerrar la puerta del coche, no había pasado un buen día, eso o que estaba harto de tanta rutina, harto de estar siempre con lo mismo.
Cerró el coche con llave, sonrió interiormente, pensó que nadie podría querer robar esa tartana, malhumorado, entró a casa.
Tiró desde la puerta las llaves, dejándolas, sorprendentemente, encima de la mesa del comedor. Colgó la camisa en el picaporte de la puerta del patio y se descalzó dejando las botas detrás de la puerta, subió las escaleras que comunicaban las dos plantas de la casa, quitándose el pantalón entró en el baño.
Desde detrás de la puerta podía oírse el sonido de la caída del agua, por debajo de la puerta podía notarse un poquito del vaho que dejaba el agua caliente contrastando con el frío de los azulejos del baño.
No tardó mucho en salir, totalmente desnudo, todavía chorreando agua, algunas gotas traviesas se deslizaban por su cara, paraban a la altura de la nariz para iniciar un salto al vacio que más tarde se vería obligado a frenar justo debajo de su ombligo por culpa de la toalla, pasó a su habitación, se vistió lentamente, para ser sinceros sin ninguna gana, pero lo hizo. Se levantó de la cama oponiéndose una chancla en cada pie, encendió el radiocassette, inevitablemente empezó a sonar punk, como siempre. Subió el volumen para poder oirlo desde la planta baja de la casa y salió del dormitorio, bajó las escaleras, al llegar a la cocina vio al perro esperando en la puerta, le abrió y le dejó salir al patio, él recordó su cajetilla medio vacía y se dispuso a volver a llenarla sentado en una silla de plástico que permanecía junto a una mesa justo en el centro del patio. Desde ahí veía un enorme campo que se separaba por una **impercibible linea para la vista del cielo, el sol se disponía a dejar lugar para la luna, un precioso cielo despejado se adivinaba desde su lugar de reposo.
Él se levantó pasada media hora de llegar, entró a casa dejando la puerta del patio abierta, abrió también la ventana del comedor para crear corriente. Se metió en la cocina con la intención de cenar algo. Abrió la nevera que permanecía hacía unos días ya vacía, no iba con él eso de hacer la compra, así que cogió un pedazo de pan, lo abrió por la mitad y lo relleno del jamón que mamá le había dejado envuelto en papel de plata, tomó el bocadillo y dándole un bocado caminó hasta el escritorio y encendió el ordenador. Ahora ya, no mucho, pero sí algo más relajado encendió otra pequeña felicidad humeante con olor a hierba desde la silla del escritorio.
Ella llevaba un tiempo en casa, sentada frente al ordenador tan solo esperaba recibir un saludo y fue entonces cuando vio su nombre en la lista de contactos conectados, indudablemente, no saludó, esperó, aunque no mucho tiempo, pues recibió a los pocos segundos el saludo de él.
Empezaron a hablar. Ella notaba que no todo era tan divertido, tonto ni inocente como el día anterior, él, en cambio, pensó que ella no estaba poniendo nada de su parte. Ninguno de los dos hizo ningún comentario al respecto, tan solo se preocuparon en centrar la conversación.
Ella necesitaba un poco de diálogo.
Él tenía claro que tema quería tocar, empezó, sin más a tontear con ella, la primera vez ella se sintió halagada, puede que incluso la resultara gracioso y sin dudarlo siguió el rollo, él no parecía tener tan claro que tan solo fuera una tontería para pasar el rato.

Diario absurdo de una adolescente ilusionada.

CAPÍTULO 2.

Al despertar, efectivamente, la primera palabra fue un nombre y no un nombre cualquiera, lógicamente, sino el nombre de él. Sonrío, recordó el juego que la noche anterior la había mantenido tan ocupada durante unas horas, miró el reloj, se sentó en el borde de la cama posando sus pies descalzos encima de la alfombra que cubría el suelo de su habitación, entonces volvió a mirar el reloj, esta vez fijándose en la hora, las dos y cuarto, buena hora para terminar de comer o quizá para empezar, pero no para acabar de despertarse, se reprendió ligeramente a si misma y se levantó.
Paró, entonces delante del espejo, y vio reflejada una niña aparentemente feliz, tampoco nada exagerado ni siquiera algo llamativo, pero sí ligeramente feliz. Se giró y observó tímidamente el pequeño ordenador, justo encima de la mesa del escritorio, justamente en el lugar donde ella lo dejó hacia ya ocho horas, pensó en seguir el buen rollo que había abandonado ayer por la persistencia del sueño, pero prefirió no forzarse a la rutina, hacer de ello algo nocturno, esporádico y quizá puede que también ocasional.
Salió del dormitorio, se preparó y sin más salió de casa, se sentía bien, bastante libre, aun sin motivo aparente.
Cogió el primer tren que tuvo a su alcance, no olvidó en casa su reproductor de música, tampoco sus amados cascos que tanto la costó conseguir, no dudó un segundo y optó por escuchar, algo que, en algunos momentos la hacía volverse loca, que en otros podía hacerla comenzar a llorar, pero que en ese justo momento, sabía que la haría desconectar del mundo por un instante.
Contó justamente siete canciones antes de bajar del tren, no sabía donde estaba, hacía sol y un calor insoportable, se quitó la sudadera y la ató a la cintura, caminó sin cruzarse con demasiada gente, hasta llegar a un parque infantil.
Era pequeño, bastante simple, cuatro bancos lo enmarcaban y cercaban, entre banco y banco una bonita jardinera blanca con flores rojas, moradas y  blancas adornaban el limitado lugar. Detrás de uno de los bancos yacía un pequeño jardincito con un sólo árbol, se dirigió hacía él y sacó de su mochila una toalla de playa, la extendió sobre la hierba, se tumbó encima y mirando al cielo, le dio al play de su reproductor de música, esta vez ya más relajada por la comodidad de su postura.
 Consiguió sin esforzarse dejar la mente en blanco. Por un momento no pensó en nada ni nadie, no dejó que ningún nombre rondara su cabeza.
Se cansó, meditó sobre el motivo de su escapada. Perfectamente sabía que sí ese día, en ese justo instante había salido de casa con la intención de desconectar, queriendo, por un momento olvidarse de todo, era porque algo, o más bien alguien estaba entrando en su vida, porque notaba que algo iba a cambiar casi por completo su vida. Pero no quiso hacerse caso, prefirió pensar que tan sólo hacía las cosas por mera iniciativa.
El cielo comenzaba a nublarse, el sol se intercambio el sitio con la luna, el azul celeste en ese tiempo se había convertido en un fuerte morado adornado con puntitos de plata, la luna, más grande que nunca, iluminaba todo el parque ayudando a las altas farolas, ella se levantó, se colocó, ahora en su sitio la sudadera y retrocedió sobre sus anteriores pasos hasta llegar a la estación. Subió al tren casi sin ganas, anhelando ya, la sensación de sosiego que había experimentado en el parquecito.
Llegó a casa, cómo hacía ya una semana el ascensor estaba roto, subió por las escaleras irremediablemente, contó el número de escalones, cincuenta y cinco exactamente, nada importante. Llegó, por fin, a la puerta de casa, entró sin hacer nada de ruido la bolita de pelo que tenía como gata salió a recibirla a la puerta, no había nadie en casa, como de costumbre.
Esa noche no tenía ganas de nada, abrió el cajón y saco un paquetito de tabaco que había guardado justo a la mitad, mentolado, como siempre, cogió un cigarrillo y salió con él a la terraza, se sentó allí observando, desde otra posición, la enorme luna que tocaba esta noche. Calada tras calada el cigarrillo consiguió desaparecer dejando únicamente una apestosa colilla que instantáneamente salió volando por los barrotes del balcón.
La pequeña, se levantó, entró a casa, recorrió el pasillo hasta llegar a su habitación y aun estando la casa vacía, cerró la puerta como siempre hacía, miró de refilón el portátil, no pudo evitar encenderlo y desear una noche como la anterior.

Diario absurdo de una adolescente ilusionada.

CAPÍTULO 1.
Acababa de conocerlo, no en persona, ni siquiera lo habia visto jamás, pero ya le conocía.
Él dijo demasiadas palabras bonitas, ella estaba demasiado baja de moral como para poder asimilarlo como un simple juego.
Tan sólo le hicieron falta unas pocas horas para conseguir que ella cayera rendida a sus pies, a sus palabras, a su forma de hacerla creer que todo lo que decía iba en serio. Ese chico tenía algo especial, algo que hacía que ella dijese justamente lo que él quería oir, que hacía que ella, leyera lo que leyera, todo la pareciese perfecto, que todo la pareciese completamente posible.
Ella se dejó llevar por la inocencia de su tempana edad, puede que también por la impresión de falta de maldad que él podía llegar a tener, o quizá la culpa simplemente la tenía la confianza que tenía hacia la bondad de las personas, o más bien, hacía la falta de maldad a los actos de las personas.
Consiguió ilusionarla en un momento, cierto es que ella, también se dejó ilusionar. Sólo quería ver su vida diferente por un momento, pensó que hablando con él, podría divertirse sin ninguna posibilidad de desilusionarse o simplemente de llevar eso más lejos de un simple juego de tonteo y una forma de pasarselo bien.
Él, en cambio, sólo pensaba en poder sacar algún beneficio del hecho, en conseguir algo a cambio.
Ella, no pudo darse cuenta de ello, permanecía en su mundo, en su realidad paralela, no pudo evitar grabar sus palabras, no quiso tampoco olvidarse de los planes, absurdos, pero precisos de como algún día todo empezaría.
Suspiró, sus ojos color canela se cerraban, algo impedía que quisiera abandonar esa conversación, pero lo hizo. Se despidió con un "Te quiero mi niño" y recibió una respuesta instantanea "Te quiero mucho mi niña".
No era un "te quiero" cualquiera, era un "te quiero" a un desconocido, era extraño, como sí hubiesen olvidado por completo la complejidad de la frase, como si creyesen que era la frase que correspondía en ese momento, a esa persona.
Él, convencido, apagó su ordenador con una enorme sonrisa, con la sensación de que fácilmente conseguiría lo que estaba esperando.
Ella, obligada por el sueño hizo lo mismo, aunque sin sonrisa, algo dudosa por la correción de lo que había dicho, sentía como sí, en un momento, ella solita, se hubiera obligado a formar parte de las personas que utilizan un "te quiero" como si fuese "hola, adiós o gracias" pero tenía mucho sueño, no pudo darle más vueltas, sólo tenía clara una cosa, poseía un nombre en el que pensar antes de dormir, un nombre que sin querer recordaría al despertarse.

viernes, 2 de septiembre de 2011

En busca del tren de las oportunidades.

Se marchó, no miró atrás, no dudó.
Sin un simple adiós, no dejó más que recuerdos, se llevo un mar de ilusiones tras de sí.
Se perdió todo plan diferente al de escapar, expiró lo que no tenía como objetivo ser feliz.
Sólo necesitaba tener, por una vez, su apoyo, y su aprobación.
No lo pensó más de una vez, temía poder cambiar de opinión. Se fue con lo puesto, sin avisar, sin preparar nada, solamente dejó una nota en la que, sin interés, escribió: -"Me voy, no sé sí con intención de volver o sin ella, sí con intención de o volver o de quedarme, la idea esta tomada, no hay vuelta atrás."- Acompañada de algo parecido a una sonnrisa.
Dejó sus llaves posadas al lado de la nota, cogió dinero, su DNI las ganas de vivir y poca cosa más, no quería ir demasiado cargada.
Fue entonces cuando se vió en el segundo vagón de un tren con último destino ser feliz, lejos de ponerse las cosas fáciles paró en la quinta parada, en la parada de las ilusiones, la de las cosas que cuesta conseguir pero realmente valen la pena...


 

Cada momento es un comienzo.

+ Fíjate ahí, justo encima de ti, no te muevas, sólo mira hacia arriba.

- ¿Qué mire el qué?

+ Júrame que no me estas mintiendo, júrame que no lo ves.

- Te lo juro, no veo nada.

+ Al menos lo sientes, ¿no?. ¿Notarás algo?

- Pues no, nada, ¿qué debería sentir?

+ No debes sentir nada, sólo debes decirme, ¿realmente no sientes nada?

- Sí...

+ ¿Sí?

- Sí, no quiero parecer loca pero...

+ Sigue, ¿pero qué?

- Pero... ¿no sientes los hilos que nos atan?

+ Realmente, ¡estás loca!

- ¿Lo ves? Sabía que pensarías eso...

+ Es igual, tú continua.

- Bueno, es eso, simplemente cuando estoy cerca de ti, noto que algo, de forma inconsciente intenta evitar que nos separemos. Que al alejarnos, a poco que sea, aprieta fuerte, tira.

+ Y...

- No, no me cortes, déjame seguir.

+ ¡Sigue, sigue!

- Impide que, cualquiera de los dos cometa cualquier locura que pueda hacer que esto se acabe. Que independientemente del momento o el lugar uno no pueda, ni si quiera un pedazo de instante olvidarse del otro, que aun sin pensarlo tu nombre este en mi mente con cada cosa que vea, que cada palabra, cada acto me recuerde a ti.

+ Sin duda algo fantástico, un sentimiento magnífico.

- Sí, pero acaba ahí, una pena. Ese mismo, amarre, la propia sensación de no podernos separar, el hecho de no poder cometer locuras, el sentimiento de obsesión, de no poder, en ningún momento, dejar pensar el uno en el otro, será lo que nos separe por completo, lo que hará que fácilmente, antes o después queramos que esto se acabe sin dejar huella.

+ No hay casi nada que no pueda evitarse, es decir, si no queremos, no tendrá porque acabar.

- Tú lo has dicho, casi nada, esto forma parte de ese grupillo llamado "casi nada", y nadie ni nada podrá evitarlo, el hilo no es elástico y tras tirar y tirar, terminará cediendo, rompiéndose en dos pedazos, puede romperse lentamente, avisando del futuro acontecimiento, o puede hacerlo por sorpresa sin mostrar antecedentes, separándose entonces un extremo del otro.

+ ¿Crees que "nuestro hilo" está pasando por ese momento ahora?

- No, nada de eso. Vamos... no creo.

+ ¿No crees?

- ¡Basta! Ese no es el tema ahora, ¿me dejas seguir?

+ Claro, claro, adelante.

- Pues eso... Intento decirte, que tarde o temprano, el hilo romperá, es decir, esto acabará. Por eso, cada instante

+ Deberá ser como el primero o como el primero, pero deberá ser único. Lo sé.

- ¿Lo sabes?

+ Eso, ¿no notas que cada momento que pasamos, es mejor que el anterior, que ya nunca el tiempo, estando juntos, se nos hace lento? ¿no sientes que cada vez que pasamos un día sin hablar, el siguiente siempre, tiene más ganas, los días son largos, las noches cortas? En serio, ¿lo notas o no?

- Puuuues... ahora que lo dices... ¡Sí! Cada instante es así.

+ Y así será, hasta que el maldito hilo que nos une, que hace que esto sea tan perfecto, quiera que acabe, quiera que no volvamos a sentir esto jamás. Pero mientras tanto, al menos yo, seguiré, pensando en ti a cada momento, notaré que una parte de mi vida se va si tú no estas, y que aunque sea por millonésima vez, cada vez que hable contigo sea una sensación nueva.



Ayer mismo, estaba jugando en el parque, con papá y mamá,

madrugaba para ver los dibujos los fines de semana, mi mayor preocupación tener tiempo para jugar, mi mayor objetivo conseguir los cinco minutos más.
Cuando tener heridas en las rodillas significaba habérselo pasado bien, cuando el mayor insulto era "tonto" y la mayor amenaza "a que no te invito a mi cumple".
Todo el tiempo era libre, todo estaba justificado por la edad, si querías sentirte un héroe solo debías atarte el babi del colegio al cuello y echar a volar, cuando con un "¿Hacemos las paces?" se arreglaba todo, no importaba mancharse la ropa, era indiferente la apariencia externa.
A lo único que se le podía tener miedo era al coco, al hombre del saco, a los monstruos de debajo de la cama, que con abrazarte a tu peluche favorito, echar a correr a la cama de mamá y un beso suyo desaparecía todo el miedo.
Globos, papel de regalo, velas y tarta inconfundiblemente significaba cumpleaños.
Tanto ha cambiado todo, de un día a otro, pero sin duda, aunque no lo quiera admitir, de una forma u otra, con más años sigo siendo esa niña pequeña que se vuelve loca con un pedazo de plastilina, la que se evade del mundo pintando con pintura de dedo, la que sí llueve, obligatoriamente va pisando charcos, la que si un día se levanta loca, va saludando por la calle con un buenos días sin conocer absolutamente a nadie, la que en un momento es seria pero que sin querer se ríe sin nada que la haga gracia, la que no soltó jamás su peluche favorito, la que sigue teniendo infinidad de miedos, pero ya, no corre a los brazos de nadie.


 

"Momentos mágicos".

En ese instante, sin dudar, tomó su chaqueta, se colocó el pantalón, ajustó aun más el cinturón, entró en la salita, cogió un botecito cuyo anterior oficio fue preservar unas gotas de colonia, antes de salir cogió sus playeras que, minuciosamente, había colocado frente a la puerta, mamá odia que pisen la moqueta con el calzado de la calle, salió rápidamente por la puerta.
Cuando ya había decidido el lugar que quería visitar, en ese momento, se vio rodeada de arena, a su derecha a unos diez metros la orilla del mar, no era exactamente lo que había pensado pero no estaba del todo mal. Se descalzó, guardando dentro de cada playera un calcetín, y las tomó en sus manos. Pisó la arena, fría, húmeda, compacta, prefirió caminar hacía la orilla mojándose apenas los pies, poco más que los tobillos.                                                                                     
Recordó, en la orilla, el botecito de su bolsillo, lo sacó, quitó el tapón y lo llenó con agua del mar. Quedó mirándolo perpleja durante unos segundos, después reaccionó, lo puso a contraluz y observó. En el pequeño bote había entrado algo de arena que rápidamente se situó en el fondo del frasco por el peso, el agua brillaba transparente, observó aun más intensamente, entonces lo vio, nada fuera de lo normal, ni siquiera algo inusual, analizó el pequeño frasco unos segundos más, una pequeña playa se había formado dentro de él, algo, puede que absurdo o quizá demasiado lógico. Sin embargo fue algo, hechizante.
Con cariño, agarró en frasco, se quitó la chaqueta y la extendió sobre la arena alejada de la orilla, acto seguido se acomodó encima de la chaqueta, intentando comparar el contenido del frasco con la propia playa. De ahora en adelante podría visitar la playa cuando quisiera, en el lugar que quisiera siempre y cuando llevase el pequeño recipiente con ella.
Solo debía agitarlo y esperar, aproximadamente, dos segundos, justo en ese momento, tendría de nuevo su playa consigo.