viernes, 2 de septiembre de 2011

Ayer mismo, estaba jugando en el parque, con papá y mamá,

madrugaba para ver los dibujos los fines de semana, mi mayor preocupación tener tiempo para jugar, mi mayor objetivo conseguir los cinco minutos más.
Cuando tener heridas en las rodillas significaba habérselo pasado bien, cuando el mayor insulto era "tonto" y la mayor amenaza "a que no te invito a mi cumple".
Todo el tiempo era libre, todo estaba justificado por la edad, si querías sentirte un héroe solo debías atarte el babi del colegio al cuello y echar a volar, cuando con un "¿Hacemos las paces?" se arreglaba todo, no importaba mancharse la ropa, era indiferente la apariencia externa.
A lo único que se le podía tener miedo era al coco, al hombre del saco, a los monstruos de debajo de la cama, que con abrazarte a tu peluche favorito, echar a correr a la cama de mamá y un beso suyo desaparecía todo el miedo.
Globos, papel de regalo, velas y tarta inconfundiblemente significaba cumpleaños.
Tanto ha cambiado todo, de un día a otro, pero sin duda, aunque no lo quiera admitir, de una forma u otra, con más años sigo siendo esa niña pequeña que se vuelve loca con un pedazo de plastilina, la que se evade del mundo pintando con pintura de dedo, la que sí llueve, obligatoriamente va pisando charcos, la que si un día se levanta loca, va saludando por la calle con un buenos días sin conocer absolutamente a nadie, la que en un momento es seria pero que sin querer se ríe sin nada que la haga gracia, la que no soltó jamás su peluche favorito, la que sigue teniendo infinidad de miedos, pero ya, no corre a los brazos de nadie.