CAPÍTULO 2.
Paró, entonces delante del espejo, y vio reflejada una niña aparentemente feliz, tampoco nada exagerado ni siquiera algo llamativo, pero sí ligeramente feliz. Se giró y observó tímidamente el pequeño ordenador, justo encima de la mesa del escritorio, justamente en el lugar donde ella lo dejó hacia ya ocho horas, pensó en seguir el buen rollo que había abandonado ayer por la persistencia del sueño, pero prefirió no forzarse a la rutina, hacer de ello algo nocturno, esporádico y quizá puede que también ocasional.
Salió del dormitorio, se preparó y sin más salió de casa, se sentía bien, bastante libre, aun sin motivo aparente.
Cogió el primer tren que tuvo a su alcance, no olvidó en casa su reproductor de música, tampoco sus amados cascos que tanto la costó conseguir, no dudó un segundo y optó por escuchar, algo que, en algunos momentos la hacía volverse loca, que en otros podía hacerla comenzar a llorar, pero que en ese justo momento, sabía que la haría desconectar del mundo por un instante.
Contó justamente siete canciones antes de bajar del tren, no sabía donde estaba, hacía sol y un calor insoportable, se quitó la sudadera y la ató a la cintura, caminó sin cruzarse con demasiada gente, hasta llegar a un parque infantil.
Era pequeño, bastante simple, cuatro bancos lo enmarcaban y cercaban, entre banco y banco una bonita jardinera blanca con flores rojas, moradas y blancas adornaban el limitado lugar. Detrás de uno de los bancos yacía un pequeño jardincito con un sólo árbol, se dirigió hacía él y sacó de su mochila una toalla de playa, la extendió sobre la hierba, se tumbó encima y mirando al cielo, le dio al play de su reproductor de música, esta vez ya más relajada por la comodidad de su postura.
Consiguió sin esforzarse dejar la mente en blanco. Por un momento no pensó en nada ni nadie, no dejó que ningún nombre rondara su cabeza.
Se cansó, meditó sobre el motivo de su escapada. Perfectamente sabía que sí ese día, en ese justo instante había salido de casa con la intención de desconectar, queriendo, por un momento olvidarse de todo, era porque algo, o más bien alguien estaba entrando en su vida, porque notaba que algo iba a cambiar casi por completo su vida. Pero no quiso hacerse caso, prefirió pensar que tan sólo hacía las cosas por mera iniciativa.
El cielo comenzaba a nublarse, el sol se intercambio el sitio con la luna, el azul celeste en ese tiempo se había convertido en un fuerte morado adornado con puntitos de plata, la luna, más grande que nunca, iluminaba todo el parque ayudando a las altas farolas, ella se levantó, se colocó, ahora en su sitio la sudadera y retrocedió sobre sus anteriores pasos hasta llegar a la estación. Subió al tren casi sin ganas, anhelando ya, la sensación de sosiego que había experimentado en el parquecito.
Llegó a casa, cómo hacía ya una semana el ascensor estaba roto, subió por las escaleras irremediablemente, contó el número de escalones, cincuenta y cinco exactamente, nada importante. Llegó, por fin, a la puerta de casa, entró sin hacer nada de ruido la bolita de pelo que tenía como gata salió a recibirla a la puerta, no había nadie en casa, como de costumbre.
Esa noche no tenía ganas de nada, abrió el cajón y saco un paquetito de tabaco que había guardado justo a la mitad, mentolado, como siempre, cogió un cigarrillo y salió con él a la terraza, se sentó allí observando, desde otra posición, la enorme luna que tocaba esta noche. Calada tras calada el cigarrillo consiguió desaparecer dejando únicamente una apestosa colilla que instantáneamente salió volando por los barrotes del balcón.
La pequeña, se levantó, entró a casa, recorrió el pasillo hasta llegar a su habitación y aun estando la casa vacía, cerró la puerta como siempre hacía, miró de refilón el portátil, no pudo evitar encenderlo y desear una noche como la anterior.