martes, 6 de septiembre de 2011

Diario absurdo de una adolescente ilusionada.

CAPÍTULO 1.
Acababa de conocerlo, no en persona, ni siquiera lo habia visto jamás, pero ya le conocía.
Él dijo demasiadas palabras bonitas, ella estaba demasiado baja de moral como para poder asimilarlo como un simple juego.
Tan sólo le hicieron falta unas pocas horas para conseguir que ella cayera rendida a sus pies, a sus palabras, a su forma de hacerla creer que todo lo que decía iba en serio. Ese chico tenía algo especial, algo que hacía que ella dijese justamente lo que él quería oir, que hacía que ella, leyera lo que leyera, todo la pareciese perfecto, que todo la pareciese completamente posible.
Ella se dejó llevar por la inocencia de su tempana edad, puede que también por la impresión de falta de maldad que él podía llegar a tener, o quizá la culpa simplemente la tenía la confianza que tenía hacia la bondad de las personas, o más bien, hacía la falta de maldad a los actos de las personas.
Consiguió ilusionarla en un momento, cierto es que ella, también se dejó ilusionar. Sólo quería ver su vida diferente por un momento, pensó que hablando con él, podría divertirse sin ninguna posibilidad de desilusionarse o simplemente de llevar eso más lejos de un simple juego de tonteo y una forma de pasarselo bien.
Él, en cambio, sólo pensaba en poder sacar algún beneficio del hecho, en conseguir algo a cambio.
Ella, no pudo darse cuenta de ello, permanecía en su mundo, en su realidad paralela, no pudo evitar grabar sus palabras, no quiso tampoco olvidarse de los planes, absurdos, pero precisos de como algún día todo empezaría.
Suspiró, sus ojos color canela se cerraban, algo impedía que quisiera abandonar esa conversación, pero lo hizo. Se despidió con un "Te quiero mi niño" y recibió una respuesta instantanea "Te quiero mucho mi niña".
No era un "te quiero" cualquiera, era un "te quiero" a un desconocido, era extraño, como sí hubiesen olvidado por completo la complejidad de la frase, como si creyesen que era la frase que correspondía en ese momento, a esa persona.
Él, convencido, apagó su ordenador con una enorme sonrisa, con la sensación de que fácilmente conseguiría lo que estaba esperando.
Ella, obligada por el sueño hizo lo mismo, aunque sin sonrisa, algo dudosa por la correción de lo que había dicho, sentía como sí, en un momento, ella solita, se hubiera obligado a formar parte de las personas que utilizan un "te quiero" como si fuese "hola, adiós o gracias" pero tenía mucho sueño, no pudo darle más vueltas, sólo tenía clara una cosa, poseía un nombre en el que pensar antes de dormir, un nombre que sin querer recordaría al despertarse.