Como casi todos los sábados me levanté prontito, para que nadie me viera salir de casa. Bajé de la cama, con los pies, acaricié las zapatillas, seguidamente las chuté, descalza conseguí llegar al baño, entré en la ducha y rápidamente salí, me sequé, me vestí y me peiné como pude, sin hacer ruido. Paseé hasta la cocina, llené una taza con café y leche y la dejé dando vueltas en el microondas, mientras tanto, me calcé atando, minuciosamente los cordones de mis playeras, justamente cuando el microondas sonó acababa de entrar por la puerta de la cocina. Saqué la taza, cogí una cuchara y le añadí una cucharada de azúcar al líquido, removí. Abrí la puerta de la terraza y como, acostumbraba a hacer, numeré ordenadamente todas las cosas que necesitaba para salir de casa, todo en orden, me dije. Acabé el café de un sorbo, me levanté, cogí el bolso y justo en el momento en el que oía abrirse la puerta de la habitación principal cerré lentamente la puerta de casa.
Bajé dando saltitos por las escaleras, llamando a todos y cada uno de los timbres que estaban al alcance de mi mano, abrí la puerta del portal y salí. Caminé hasta la estación de tren, compré un billete sencillo, de ida, una vez en el tren recordé una y todas las canciones que en algún momento consiguieron no recordarme a nadie, que algunas, seguían consiguiéndolo, y llegué, llegué a algún lugar, eso seguro. Salí de la estación, me detuve, me vi reflejada en una pieza metálica y ahí estaba, mi peor enemiga, la persona culpable de mis malos momentos, la que me impedía muchas veces hacer las cosas como quería hacerlas, decir las cosas que quería decir, la que alguna vez conseguía hacer que no pensara.
Bajé dando saltitos por las escaleras, llamando a todos y cada uno de los timbres que estaban al alcance de mi mano, abrí la puerta del portal y salí. Caminé hasta la estación de tren, compré un billete sencillo, de ida, una vez en el tren recordé una y todas las canciones que en algún momento consiguieron no recordarme a nadie, que algunas, seguían consiguiéndolo, y llegué, llegué a algún lugar, eso seguro. Salí de la estación, me detuve, me vi reflejada en una pieza metálica y ahí estaba, mi peor enemiga, la persona culpable de mis malos momentos, la que me impedía muchas veces hacer las cosas como quería hacerlas, decir las cosas que quería decir, la que alguna vez conseguía hacer que no pensara.
-Y ese, es el problema, que muchas veces, somos nosotros mismos quienes nos ponemos límites y barreras.