domingo, 2 de octubre de 2011

23 de Septiembre.


En la mano izquierda una rosa roja, en la derecha una amarilla.
Nada más llegar fueron posadas en la primera roca de la playa, me descalcé. Preferí quedarme un rato a solas en una parte menos visible de la playa, saqué del calcetín del pie izquiero un paquete de L&M, saqué un pequeño liadillo y un encendedor, de un color azulado verdoso, con el cigarrillo en la boca acerqué la llama del encendedor a él, inhalé, noté entrar todo el humo directamente hacía mis pulmones, resople expulsando todo el aire hacia arriba, hacia el cielo, fue como brindar una copa, pero con un cigarro.
Tras ese cigarrillo, llegó otro, uno a mi salud, otro a la suya.
Permanecí unos segundos sentada en la arena húmeda, juguetee un ratillo con los pies en la arena, me dispuse a levantarme. Tenía más fuerza que nunca, cogí de la roca anterior las flores, esta vez cambiándolas de manos, coloqué las playeras y comencé a andar hacía la orilla, miré al cielo, una pequeña coronilla se despejó de nubes dejando traspasar un puñado de rayos de sol, sólo un nombre podía rondar mi cabeza, seguí caminando, llegué a la orilla, miré las flores y delicadamente solté la roja, miré la amarilla, la preferida de esa persona tan especial para mi, me di la vuelta y la lancé.
Sin saber porque, la rosa roja quedó encallada en la orilla, sin embargo la amarilla, la favorita de ella, desapareció, como si el mar se la hubiera tragado. Quedé perpleja unos segundos, me agaché y en la orilla, con el dedo, dibujé algo parecido a un corazón, volví a la arena, me senté y repetí el acto odiado y amado a la vez, saqué de nuevo el paquetillo, encendí, disfruté y apagué.
Felicité el cumpleaños a la persona que hoy sería la más importante para mi, que me abandonó sin querer. Volví a casa y comencé a escribir esto.
Te quiero mamá, ¡Felicidades!